Compañeros de viaje de las pandemias

No me apetece ver cine ni series tontas. Estoy emborrachado de irrealidad. Sólo quiero ver cosas que me reconecten con lo real. Y es realmente difícil saber qué es real

Lunes, 13 de abril 2020. Lo único noticiable en la plaza de Olavide fue que ayer hubo un castillo de fuegos artificiales, y muy vistosos por cierto, a las doce de la noche, lanzados desde una azotea. La mala noticia es que yo no estaba de guardia como periodista y no se me ocurrió sacar unas fotos. Pero como diarista estoy obligado a guardar memoria de estos acontecimientos que rompen la monotonía de nuestro encierro. Espero que algún vecino estuviese con su cámara al quite y haya podido grabarlo. Si nos lo puede enviar a la redacción, muy agradecidos.

(vídeo de los fuegos artificiales enviados por Beda, una vecina de Juan de Austria)

No sé si a ustedes les pasa. No me apetece ver cine ni series tontas. Estoy emborrachado de irrealidad. Sólo quiero ver cosas que me reconecten con lo real. Con la vida cierta. Que no con las noticias que son la forma más fantasiosa de la irrealidad. Y es realmente difícil saber qué es real. A veces sueño que invento fármacos para curar el Covid o la Covid, ni siquiera hay consenso sobre esto. He llegado a la conclusión de que vivimos en la parte del multiuniverso donde los sueños son el terreno más sólido de la verdad. Y que los gritos y los gestos que dominan en lo que creíamos el tiempo real son solo espectros de algo que ya no existe.

La primera cosecha de irrealidad en toda peste es la de los profetas. Siempre llegan los que se plantan en los púlpitos para clamar al cielo por los pecados del mundo. O los conocedores de la gran conspiración. El virus se creó en tal o cual laboratorio. O que detrás de todo hay un impulso justiciero para devolver a la naturaleza su viejo esplendor. O… mi teoría preferida es que esto lo ha organizado Homer Simpson.

Más tarde, llegan los de la segunda cosecha: los de las soluciones milagrosas. Los vendedores de crecepelo. Los difusores de recetas, de panaceas. El mundo no ha cambiado mucho desde la Edad Media en esta materia. Se siguen recomendado las gárgaras de agua salada. El aguardiente y el vino. La homeopatía. Son tantos los bulos que corren, que vuelan, por las redes, que mejor invitarles a la mejor receta. El escepticismo. Buen momento para afiliarse. Les recomiendo escepticos.es.

En el último turno llegan los magos, los vendedores de talismanes. Todavía no han desarrollado grandes innovaciones en la materia. Crear pulseras contra el coronavirus exige cierto desarrollo industrial y hoy la industria está con las mascarillas. Pero todo llegará. En México hasta el presidente López Obrador promueve el uso, no sé si tiene un negocio propio por detrás, de una especie de escapularios misteriosos. Estén atentos. Aplicaciones para el móvil, linternas, escafandras mágicas. Nunca se sabe.

Y por último, los peores de todos: los carroñeros. En España estamos sobrados de esta especie. Los que se proponen derrocar gobiernos. Los que pretenden adelantar sus proyectos de independencia aprovechando la debilidad del gobierno. Los medios de comunicación en la ruina que buscan chantajear al gobierno para obtener subvenciones. Las redes empresariales para hablar de lo suyo. Los partidos minoritarios para crecer. Los mayoritarios para sobrevivir. Los que se dedican al viejo negocio del estraperlo para vender a precio de oro mascarillas, geles o papel higiénico. Las empresas y bancos que lanzan campañas de relaciones públicas lacrimosas y edulcoradas para presentarse como benefactores de la humanidad.

Para qué seguir. Ya se lo digo siempre. Sobrevivan.

Hasta mañana.

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