La crisis que viene (I): un mundo sin gobierno

España solo puede apostar por ganar tiempo y tratar de mantener un cierto equilibrio social para esperar primero una recuperación internacional como base de nuestra propia recuperación. Y mientras tanto confiar en la capacidad de las instituciones europeas. Lo demás es pura palabrería

Arcoiris sobre Olavide, este domingo | ÁNGEL ALDA

Lunes, 20 de abril de 2020. Entre el recuento de daños y el fragor político para apropiarse del triunfo o para adjudicar derrotas resulta que la gente tendrá que comer. Y que para ello es vital que sobrevivan las empresas y los negocios del mundo actual. Y ya sabemos que ese mundo va a ser más precario y más confuso que en el inmediato pasado. Menos global, más dividido y enfrentado.

Algunos apuntan a modelos de cambio en la estructura del poder económico que den forma a un nuevo sistema productivo. Hablan de modelos de producción más justos, basados en la reducción del consumo y la orientación ecológica de la producción. La línea verde.

Otros estiman que debemos ir a modelos comunitarios y cercanos de trabajo y consumo, a la rectificación del sistema de división internacional del trabajo, a la soberanía industrial y alimentaria. Los pardos, los localistas, los neonacionalismos.

Los de más allá apuestan por una nueva gobernanza mundial, por un mundo más integrado, con instituciones multilaterales potentes y respetadas. Los integrados. Un mundo idealizado.

Y luego estamos la mayoría. Viendo el partido y sabiendo que nuestro destino va a depender de variables fuera de nuestro alcance.

Y todos unidos en el miedo al futuro. Mucho más los españoles con una fragilidad económica y política de proporciones casi siderales. Somos una potencia media que se ha especializado en el monocultivo de productos como el turismo, la hostelería o la construcción. Precisamente sectores que por distintas razones van a experimentar problemas serios para recuperar el vigor.

España solo puede apostar por ganar tiempo y tratar de mantener un cierto equilibrio social para esperar primero una recuperación internacional como base de nuestra propia recuperación. Y mientras tanto confiar en la capacidad de las instituciones europeas. Lo demás es pura palabrería. Reconvertir como algunos imaginan las capacidades y excedentes de las industrias en retroceso para iniciar un gran avance de las llamadas industrias verdes o de los sectores tecnológicos puede ser una idea interesante en términos estratégicos pero lejanos en el tiempo. Mucho más en el marco de una crisis política que lleva años dejando como unos zorros la capacidad de nuestra administración y nuestro sector público puesto en cuestión de una manera dramática con la gestión de esta crisis. Ni nuestro sistema escolar y educativo, ni nuestro sistema sanitario y asistencial permiten confiar demasiado en nuestras propias fuerzas. Nos hemos puesto demasiado en evidencia. Al contrario: parece que una apuesta de estado a favor de esos sectores tan precarizados sería la respuesta correcta. Mucho más por la importancia que tienen en términos de empleo.

Después de una guerra la tarea de la reconstrucción es siempre un reto, pero el camino suele ser sencillo. Hay que levantar carreteras, fábricas, edificios destruidos por las armas. Hoy no tenemos estructuras físicas que reconstruir. Tenemos que modelar una nueva economía en un mundo más competitivo que nunca y más enfrentado y confuso que nunca.

Por la plaza las cosas siguen igual. El aplauso de las ocho se ha ido convirtiendo en un combate de altavoces. No se si ganará Dylan o el Dúo Dinámico. Globalización versus Nacionalismo. Pero ayer hubo descanso en la guerra de altavoces. La aparición justo antes de las ocho de un hermoso arcoiris apaciguó los espíritus.

Hasta mañana. Es malo darle mucho al coco.

Carpe Diem.

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