Lo que el monumento a Los últimos de Filipinas nos cuenta del nuevo nacionalismo español

A partir de la estatua colocada en Alberto Aguilera, analizamos el magma cultural que, de la política a la cultura popular, nutre el nuevo discurso del nacionalismo español más a la derecha

Vista trasera del monumento a los Héroes de Baler, con inscripción | SOMOS CHAMBERÍ

El pasado 13 de enero se inauguró en el cruce de la calle Alberto Aguilera con la plaza del Conde Valle de Suchil un monumento a Los últimos de Filipinas, encarnados en la figura de teniente Martín Cerezo pistola en mano. Fue un acto del Ayuntamiento y del Ejército de Tierra con vivas a España, protocolo castrense y mucha bandera rojigualda. La colocación del monumento había contado con la oposición del Consistorio de Ahora Madrid en la anterior legislatura por entender que se trataba de un símbolo colonial. Inicialmente, se pensó en situar al soldado armado junto a la estatua de Rizal, héroe de la independencia filipina fusilado por España solo dos años antes del famoso sitio de Baler. La estatua, finalmente en otro emplazamiento, fue el primero de los compromisos electorales para Chamberí de Martínez Almeida y se ha instalado en tiempo récord.

¿Es la inauguración del monumento en recuerdo a los héroes del sitio un episodio de patriotismo aislado y coherente con su naturaleza militar? No, como os mostraremos a continuación: se inserta en una serie de erecciones en el espacio público hilvanadas por un mismo discurso nacionalista y que son eco de un debate público que ha ganado importancia en los últimos tiempos.

Cartel de Los últimos de Filipinas (1945). En 2016 se estrenó una nueva versión cinematográfica.

A saber: el izado de una bandera de 7,5 metros de largo en Chamberí (a sumar a otras en Montecarmelo y Las Tablas) o el monumento a Blas de Lezo en Colón, que traemos a colación por las similitudes con el dedicado a Los últimos de Filipinas: ambos han salido del taller del escultor Salvador Amaya y se han financiado por suscripción popular. Amaya ha esculpido el monumento de Los últimos de Filipinas a partir de un boceto del pintor Augusto Ferrer-Dalmau, estrella del hiperrealismo patriótico, que es autor de otra estatua del defensor de Cartagena de Indias –otro asedio, por cierto–, cuya estampa tullida figura como avatar en innumerables cuentas españolistas en redes sociales.

Para seguir con la reivindicación patria, y tras haber esculpido también a Isabel la Católica o a José María Escrivá, Amaya pretende sacar adelante, por suscripción popular y con Ferrer-Dalmau de nuevo como pareja artística, una estatua para los Tercios de Flandes.

El historiador Pablo Batalla Cueto, autor de un magnífico ensayo sobre el tema ha tenido la gentileza de ponernos en relación las estatuas de Amaya con los vectores del rearme simbólico del nacionalismo español:

Tal y como yo lo veo, la resurrección de la vitalidad del mito de Los últimos de Filipinas (mito no en el sentido de una mentira, sino de un cuento; de la reelaboración catequética de una historia real para conferirle una estructura dramática y una moraleja y hacerla servir a determinados intereses del presente), que fue grande a principios del siglo XX pero había ido olvidándose, tiene mucha relación con la eclosión también reciente de otro: el de Blas de Lezo.

Los últimos de Filipinas son, como Lezo, héroes de la defensa, no del ataque, lo que se conecta con una lógica común a todos los resurgires nacionalistas europeos: frente al imperialismo irredentista de hace un siglo, un discurso ahora defensivo, de fortaleza asediada frente a múltiples invasiones (los árabes, los inmigrantes, el marxismo cultural, etc.). En el caso de Los últimos de Filipinas, la metáfora en que se los convierte es evidente: la nación española sitiada a su vez por enemigos tanto interiores (el independentismo filipino entonces, el catalán hoy) como exteriores (el imperialismo yanqui entonces, Bruselas o Soros hoy).

Los últimos de Filipinas, además, eran en gran parte aldeanos; gentes humildes provenientes de todos los rincones de España, también de Cataluña, y ello es interesante para armar otra figura cara al antipoliticismo populista de cierta ultraderecha contemporánea: el pueblo sencillo y anónimo (la mayoría silenciosa) que defiende la patria que políticos incompetentes (la derechita cobarde) o taimados (la veleta naranja y los progres) han dejado desmoronarse. La contraparte heroica del ignominioso Desastre. Los últimos de Filipinas hicieron lo que dice un lema que utilizan mucho los neonazis actuales y al que también se acoge discursivamente, sin citarlo explícitamente, la ultraderecha en general: mantenerse en pie en un mundo en ruinas.

Por otro lado, que la estatua se yerga cerca de la de José Rizal tiene que ver con otro fenómeno notable: la reelaboración que la derecha está abordando también del discurso de la Hispanidad. Si la Hispanidad de hace un siglo homenajeaba sin ningún problema a los próceres de las independencias americanas y al propio Rizal, viendo en ellos encarnaciones de un cierto Volksgeist hispano caracterizado por el valor, el idealismo, etcétera, y se podía enorgullecer de que Rizal, por ejemplo, escribiera sus poemas y manifiestos en castellano; si incluso, hace no tanto, un Manuel Fraga llegaba a alabar a Fidel Castro como una encarnación averiada pero admirable del espíritu hispánico («Más allá de las diferencias ideológicas, y nunca lo hemos negado, Fidel Castro es uno de los muchos símbolos de este mundo hispánico que tantas veces fue glorioso, estuvo dividido, fue despreciado injustamente y es un símbolo de independencia»), la visión de esos próceres es hoy cada vez más antipática: se ve, por ejemplo, en Bolívar un Puigdemont del siglo XIX; y Jesús Ángel Rojo Pinilla mete a ambos en un libro titulado Grandes traidores a España que ha tenido bastante éxito.

Sobre la conexión cultural entre los relatos nacionalistas que envuelven el mito de Los últimos de Filipinas durante el franquismo y hoy, hemos preguntado a Ana Fernández-Cebrián, profesora de estudios ibéricos contemporáneos en la Universidad de Columbia:

El mito sobre Los últimos de Filipinas fue utilizado por el cine franquista a mediados de los años 40, en un momento en el que el régimen intentaba desvincular la imagen de la nación de sus conexiones con el fascismo alemán e italiano. La película de Antonio Román Los últimos de Filipinas (1945) fomentó la nostalgia por el pasado imperial a través de una narración que fetichizaba el sacrificio y la virilidad de los españoles incluso en un contexto de pérdida, derrota y aislamiento (el mismo aislamiento en el que habían quedado inmersas la población española y el propio régimen con respecto a la comunidad internacional).

La instalación del monumento a los llamados Héroes de Baler en la actualidad responde a una reactualización de la nostalgia colonial que reivindica no sólo la heroicidad del ejército español sino también una suerte de inocencia colectiva sobre la violencia ejercida en las antiguas colonias que comenzó a asumirse a partir de la pérdida de las mismas. En este sentido, la reivindicación nacionalista española del evento deliberadamente malinterpreta el propio proyecto nacionalista de Filipinas e ignora la responsabilidad del Estado en episodios como el fusilamiento de José Rizal en 1896. Se trata del modo dual de recuerdo y olvido propio de las narrativas nacionalistas que tienen un pasado imperial, las cuales tratan de borrar los efectos de la violencia colonial fuera y dentro del país. Creo que frente a estas prácticas de memorialización del pasado necesitamos que se conozcan y divulguen imaginarios sociales que se hagan cargo de la historia de lo que hoy llamamos España desde una perspectiva decolonial.

El eje patriótico: política y cultura popular

En la última semana se ha avivado el debate en Twitter en torno a un conocido youtuber de divulgación histórica, cuyos vídeos sobre Historia de España han sido acusados de recoger los tópicos del nacionalismo español. Uno de los vídeos de la discordia es el que trata sobre la Leyenda negra, tema estrella del nacionalismo español de última hora a rebufo del bestseller de la filóloga Elvira Roca Barea sobre el tema. Este libro, por cierto, es otro ejemplo de cómo el eje nacional acerca de lo español está muy presente en el debate público: el diario El País, recientemente, publicó un artículo con las citas tergiversadas de Imperiofobia (que habían sido desde tiempo atrás señaladas por historiadores) y una dura columna de Arturo Pérez Reverte contra la autora. Es curioso porque las tesis –y escritos–de la escritora habían encontrado amplio acomodo en las páginas del El País durante los últimos años. El debate público suscitó una respuesta en forma de adhesión pública de apoyo a Roca Barea pero también, como nos apunta en una conversación la historiadora Iris Rodríguez Alcaide, el manifiesto por una Historia Honesta, «que pone de relieve tanto la mala praxis de algunos supuestos divulgadores como su enfoque netamente reaccionario. Los historiadores de Twitter (jóvenes y doctorandos, porque de la Academia no ha salido casi nadie a defender esto) llevamos semanas aguantando a personajes como el de Academia Play y el columnista Santamarta poniendo nuestra disciplina por los suelos».

 

Cómic de ‘El Ministerio del Tiempo’ dedicado a Blas de Lezo

Y suma y sigue, el pasado 9 de enero el partido Más País sacaba un vídeo que encabezaba con la frase pronunciada por Argüelles al entregar el borrador de la constitución de 1912: “Españoles, ya tenéis patria”. En él aparecían Manuela Malasaña o el Fusilamiento de Torrijos, de Gisbert, clásicos del patriotismo republicano que, en realidad, podemos encontrar también tras la consigna de resignificar y disputar la patria de Podemos, que tan bien rima con la fotografía de Pedro Sánchez frente a una gran bandera en campaña electoral.

Pero si el eje nacional aparece por doquier en el debate político, en el ambiente cultural y político-popular es sin duda la derecha la que más está agarrando los mástiles patrios, enarbolando una reelaboración simbólica que bebe de los hitos de los sucesivos nacionalismos españoles conservadores –del noveintayochismo al franquismo–. Una expresión política de la historia que germina en un determinado magma cultural, como veremos a continuación.

El arqueólogo Álvaro Sanz Paratcha, muy atento a los ramalazos nacionalistas tras las expresiones más populares de la cultura, nos pone sobre la pista de algunas de estas expresiones, más o menos soterradas, que favorecen o expresan el nacionalismo. A los autores revisionistas, historiadores o no, «desde Pio Moa hasta Roca Barea«, y a los novelistas surgidos a la estela de Arturo Pérez Reverte, que cultivan «un relato salgariniano con un trasfondo netamente conservador» –dice nuestro entrevistado–, añade a los productores de cultura pop:

Es lo que en la Academia se llama difusión. Básicamente, es el traslado de un mensaje histórico con cierta pretensión de contenidos al gran público, muchas veces por medio de la cultura pop. Es en este eje donde más dominante es la presencia del discurso neo conservador. La existencia de editoriales, con medios que propagan una cultura popular conservadora no tiene rival en nada que venga desde la academia en general y mucho menos desde un punto de vista progresista. En realidad, la gran difusión histórica de marchamo progresista fue la Historia de Aquí de Forges, que paradójicamente estaba repleta de lugares comunes conservadores (el propio suceso del fuerte de Baler, por ejemplo).

Sanz Paratcha alerta que “uno de los puntos más interesantes es la penetración del discurso neocon dentro de la que se ha venido a llamar en nuestro país la cultura friki, refiriéndose a un sustrato cultural –de gente muy leída– en el contexto de los juegos de rol, wargames o la literatura pulp y de ciencia ficción. Quizá aquí podríamos unir de nuevo el mito de Los últimos de Filipinas con la expresión mainstream por excelencia de la ciencia ficción histórica de los últimos tiempos: la serie El Ministerio del Tiempo.

A pesar de tener marchamo moderno y no dudar en hacer guiños políticos a la audiencia más progresista en sus guiones, la serie explotaba –si bien huyendo del maniqueismo– los hitos de la historia de España de los viejos manuales escolares, desde El Cid a Adolfo Suarez. Los últimos de Filipinas, por su puesto, tuvieron capítulo y Blas de Lezo protagonizó, junto al personaje Lola Mendieta, un cómic con guion del creador de la serie, Javier Olivares. Según Iris Rodríguez Alcaide, la serie hace mitohistoria, un concepto que ella misma explicaba en este artículo. «Hay que tener en cuenta – nos dice la historiadora–  que en la serie existe un ministerio dependiente del Estado dedicado a «conservar el pasado tal y como fue» (ahí es nada). Y lo funda Isabel la Católica, nada menos, cuando todavía no existía la propia estructura de Estado y menos español».

No se trata, por supuesto, de entender que hay temáticas o hechos históricos que convierten a sus seguidores en gente de derechas, sino de dejar constancia de cómo los tratamientos históricos de la agenda del nacionalismo español y la derecha encuentran fácilmente eco en determinados géneros o formatos. Sanz Paratcha abunda en ello:

En este aspecto, han florecido en tiendas de cómics y de juegos la presencia de revistas como Desperta Ferro o los libros de la colección Almena, junto a otras obras de militaria. La historigrafía militar es un campo eminentemente conservador, muy visual, con una gran tradición en el mundo anglosajón. Las obras de Peter Connolly tienen una pronta traducción nuestro país, ya en los años 70 y 80. Así como Angus Mcbride, cuyo trabajo en la reconstrucción histórica se compagina con su actividad en los juegos de rol (El señor de los Anillos, por ejemplo). La recuperación de autores como Conolly y, en menor medida, Mcbride tiene como nexo de unión los wargames, afición que evolucionó en los juegos de rol y que tiene también un gran ingrediente de hobby militar. A partir de aquí se ha hecho hueco un discurso meramente conservador, cuando no ultraderechista.

Y aquí está la cuestión. Por poner un ejemplo, editoriales como Almena reflejan la historia militar de la edad media peninsular a partir de conceptos como la Reconquista, no sólo superados desde hace tiempo, sino también adscritos a la historiografía más reaccionaria.

En revistas como Desperta Ferro la presencia de autores especialistas procedentes de la academia (Fernando Quesada, Álvaro Soler y otros) se añade a la indudable calidad de las representaciones gráficas y de las reconstrucciones históricas. El discurso trata de ser meramente técnico y resulta muchas veces escurridizo. Más allá de su indudable línea interpretativa conservadora (la revista hace concesiones a sensibilidades nuevas, como la historia de la mujer), en general, parece ser más rigurosa que la línea de Almena. No obstante, en su contexto general, Desperta Ferro se inserta en una línea reaccionaria muy dentro del marco interpretativo de la guerra como sucesión de grandes gestas, deslavazado de sus implicaciones sociales y económicas. El propio nombre de la revista hace referencia a las hazañas bélicas de los almogáveres en Constantinopla, que es un motivo recurrente en el nacionalismo español (el cuerpo de paracaidistas del ejército español reclama su figura como una suerte de precedente histórico propio).

Estas tendencias ideológicas presentes en la cultura popular serían, en opinión del Sanz Paratcha, la particularidad española de una corriente internacional en la que habríamos ido integrándonos a lo largo de los últimos 30 años, a un ritmo a veces lento.

Las ideas neocon y directamente ultraderechistas venían teniendo su propio discurso histórico reflejado en la cultura popular. Estas tendencias se ven desde la obra de Frank Miller 300, una obra sobre la batalla en el paso de las Termópilas que muestra el escaso espacio existente entre lo neocon y lo fascista. La película de 2002 insiste en esta representación exagerada de Esparta que, por sí sola, ya fue lo más parecido a un estado fascista en la antigüedad. Todo este producto reaccionario ha permeado de manera muy potente en el imaginario ultra de nuestro país. Los memes y alusiones a Esparta dentro de España 2000 y Vox son muy numerosas.

Una cultura pop nerd que, en opinión de nuestro entrevistado, bebe de los componentes racistas de la obra de Tolkien y se nos aparece hoy en forma de Abascal cabalgando al son de la melodía de la compañía del anillo de la película de Peter Jackson; o en la imagen del Rey Elessar acometiendo ante el Morannon, del que salen los enemigos de España como el comunismo o la homosexualidad.

En el ámbito de los videojuegos, nos recuerda la experta en videojuego e Historia Rodríguez Alcaide, «tenemos en paralelo el género llamado de alta estrategia, que básicamente traslada el de los wargames a los píxeles, y le añade un componente de gestión de civilizaciones que básicamente se dedican a explotar recursos, crear unidades militares y expandir sus territorios a base de conquista violenta y/o hegemonía cultural o económica».

Sin duda, los tintes épicos de la historia son los más adecuados para abanderar pasiones ideológicas. Con los hechos del Dos de mayo, por ejemplo, sucede que ha sido reivindicado en discursos de Pablo Iglesias en tanto que levantamiento popular patriótico y por el nacionalismo de derechas, por su carácter de defensa contra el invasor, propiciando la pasada legislatura una guerra cultural contra Ahora Madrid de repercusión limitada a propósito de la habitual vandalización con pintadas de la estatua de Daoiz y Velarde en Malasaña. Sobre este episodio histórico, en 2017 la editorial Cascaborra financió a través de crowdfunding 1808: Madrid, de Julián Olivares y Juan Aguilera, dentro de la colección Historia de España en viñetas, que abunda en la visión de la historia a través de gestas y grandes personajes, y que incluye su correspondiente versión de Los últimos de Filipinas (de próximo lanzamiento). Sobre la Batalla de Cartagena de Indias y Blas de Lezo también encontramos el correspondiente cómic financiado a través de crowfunding, que recaudó en 2018 68.887 euros de 2.655 mecenas, cuando la petición inicial era de 19.000 euros. Todo un éxito.

No cabe identificar automáticamente historia militar o gusto por las gestas con ideología de derechas (baste para matizarlo el ejemplo del magnífico proyecto RUHM Online) , pero sí podemos encontrar en su auge un humus tradicionalmente rico en los nutrientes –épica nacional, valores castrenses, honor, virilidad, últimamente resistencia ante el asedio– que la derecha exhibe con orgullo como valores propios.

La esfera pública del derechismo más desacomplejado –en sus propios términos– bebe de la escuela ovetense del filósofo Gustavo Bueno y comparte relatos sobre la Leyenda negra con Josep Borrell y el retrato robot de lector de divulgación histórica, pero, además, tiene un pie en la cultura popular y es capaz ya de erigir por suscripción popular monumentos públicos a sus nuevas alegorías de la patria asediada. El asalto a la hegemonía cultural por parte de la derecha española más beligerantemente nacionalista, en fin, tiene mucho de reedición de lo que fue la ideología dominante durante el largo invierno franquista, y sus enredaderas se valen para trepar de las guías ofrecidas por el espinazo de un régimen nunca enterrado. Sin embargo, tiene hoy enemigos fantasmagóricos diferentes, versiones nuevas de sus mitos, estatuas y un montón de gente adicta a la épica nacional que se regodea en productos culturales de lo que podríamos llamar la ESPAÑA explotation.

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