El último día de clase más raro del mundo

La recogida de las notas, coincidiendo con el final de curso el 19 de junio, ha propiciado la vuelta al colegio de muchos niños y familias. En los corrillos solo había un tema: las incertidumbres de cara a septiembre

Uno de los edificios del colegio San Cristóbal | SOMOS CHAMBERÍ

El viernes 19 de junio fue el primer día de los niños en el Colegio Público San Cristóbal desde el pasado 11 de marzo. 100 días después, de uno en uno y con cita previa, fueron entrando al colegio a recoger su boletín de notas y a despedirse de sus tutores (algún achuchón furtivo habrá sido inevitable).

En las escaleras de entrada y en la plaza de la mancomunidad en cuyo interior está el colegio, escenas de reencuentro. Entre niños y familias. Un rato, el de la plaza, que también se ha convertido, de alguna manera, en el primer recreo tras la cuarentena de 100 días.

En corrillos distendidos (literalmente, estirados para guardar la distancia física), tras las mascarillas de los padres y madres del colegio se escuchaban las mismas incertidumbres que, probablemente, tienen las familias de todos los colegios.

El próximo curso se presenta plagado de dudas. Será presencial “como principio general”, nos dicen. Es decir, en el mejor de los casos y si hemos conseguido exorcizar al dichoso virus de nuestro cuerpo social. Si hubiera que mantener una parte de educación a distancia, se comentaba en la plaza, las cosas tienen que cambiar mucho.

Los colegios de la Comunidad de Madrid han tenido una respuesta desigual ante el reto de la educación a distancia. No podía ser de otra forma ya que, básicamente, la organización ha dependido de cada centro y hasta de cada profesor ¿Está llevando a cabo la Comunidad una planificación para implantar plataformas homogéneas y solventes para sus escuelas públicas? ¿Y programas de formación para su profesorado? ¿Y medidas que amortigüen el gigantesco desequilibro que la no presencialidad ocasiona entre familias? Y no, no se soluciona comprando ordenadores solamente.

Las clases deberán tener un máximo de 20 alumnos, se nos dice (parece ya haberse relajado la cosa, inicialmente se habló de 15) y, en la medida de lo posible, se tendrán que guardar las distancias de seguridad de metro y medio. Alguien comentaba que, en según qué colegios estas medidas son casi utópicas.

Hoy han salido las listas definitivas de traslados y hemos sabido que tal o cual profesor no estará el curso que viene. Como siempre sucede, unos lloran a unos y otros a los otros. La cosa va por barrios. O por clases. Pero, en todo caso, vienen los que se van y si no se refuerza la plantilla del profesorado difícilmente se podrán dividir los grupos. Son mates de primaria.

¡Y el comedor! Es este un tema serio. El comedor es un elemento central para la conciliación de muchas familias… y para la nutrición diaria de las familias de menores ingresos. Y, suma y sigue, las ampliaciones de horarios (los primeros del cole, extensión horaria o como se llamen en cada centro), que ayudan a la supervivencia de tantas y tantas unidades familiares.

Las fotos improvisadas de promoción se suceden en las escaleras de la plaza ¡Rápido! Falta Fulano, que está en la tienda de Marisa canjeando el vale por un helado que le han dado en el colegio por acabar sexto de primaria. Algunas personas comentan que se verán en el parque esta tarde y, otras, se desean buen verano y se emplazan para el próximo curso. ¿Cómo nos veremos en septiembre?

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